Floor, de Utrecht a Bucaramanga sin escalas - BGA Te Activa

Utrecht queda en el centro de Holanda. La ciudad es el segundo destino turístico por detrás de Amsterdam y es lo que en cualquier charla de pasillo se podría considerar una ciudad modelo: una estructura moderna, que creció dispuesta a no perder sus atributos históricos que vienen desde épocas medievales, de amplios pasajes peatonales, una fuerte cultura ciudadana que hace fácil que conserve su belleza patrimonial y una oferta cultural casi infinita.

¿Usted cambiaría todo esto por Bucaramanga? Floor Veer sí lo hizo, ¡y por convicción!

Esta holandesa llegó a la ciudad de los parques en septiembre de 2011 para sacar adelante un proyecto de cultivos orgánicos en Aguachica que fracasó, “y no tengo problema con que lo escribas”, cuenta, mientras enumera todo el trayecto que la trajo a la ciudad.

Floor se mueve como una bumanguesa más. Camina la ciudad, usa Metrolínea y arma conversación con los taxistas cuando va de afán a cualquier lugar.

“En Aguachica teníamos un cultivo de melones y papaya que no pudimos exportar porque como es orgánico, no podíamos usar químico y se nos metió un gusano que le hacía un hueco a la fruta. Allá estaba la finca con la huerta, pero básicamente vivíamos en Bucaramanga”, recuerda.

De visitante a residente

Floor y Ray, su esposo, se conocieron en Utrecht. Él trabajó un tiempo en África y ella hizo pasantías también en ese continente. Cuando quisieron buscar un destino para asentarse inicialmente pensaron en África, pero el fuerte componente racial hizo que desistiera, “allá está muy dividido entre negros y blancos, y lo que queríamos era integrarnos”, recuerda.

En ese momento, apareció Colombia.

El Gobierno de los Países Bajos estaba dando subsidios para emprendedores jóvenes que tuvieran iniciativas en países de alto riesgo.

“Hicimos una pequeña, mínima, investigación y decidimos arriesgarnos con Colombia. Nos fuimos solo con las maletas, llegamos sin saber nada del idioma y no tuvimos casa por un tiempo”, cuenta haciendo gala del castellano que ahora domina bien, con algunos movimientos de mano muy santandereanos.

Como la tierra que iban a trabajar estaba en Aguachica, la opción más clara para establecerse fue Bucaramanga. Sin embargo, para Floor no hubo un choque cultural. Más bien, fue una mezcla de sentimientos.

“Por un lado, los colombianos son campeones del primer contacto. En un taxi, en una fila o en el bus, siempre hay conversación y es un ambiente amigable para el extranjero”, enumera, antes de contar la otra cara de la moneda: “Pero por otra parte, extrañaba mucho a mi familia y acostumbrarme al tráfico y al ruido me costó mucho trabajo”.

Después de estrellarse con el cultivo, no volvieron a Holanda. Ya asentados y con amigos, Floor buscó cómo trabajar y encontró una compañía importadora que quería llevar aguacate hass y limones del país. No obstante, pronto esta empresa decidió desistir de Colombia y nuevamente, con el interés de quedarse, la pareja buscó cómo mantenerse.

“Yo de la importadora había aprendido que había un mercado para los limones en Santander, pero faltaba tecnificación y que muchas veces los locales trataron de exportar, pero tenían muchos intermediarios y no conocían bien el mercado”, relata. 

Tan solo el año pasado, la empresa de Floor y Ray exportó 100 contenedores de limones cultivados en Girón rumbo a Europa. En palabras castizas, son 2.000 toneladas.

Para ella, al margen del éxito, lo importante es crecer y ayudar a crecer a los demás. “A mi no me dicen doña ni jefa ni patrona, lo importante es tratar al productor como un socio y no simplemente como a alguien que me da un insumo”, resume.

Tres preguntas para una empresaria tan santandereana como holandesa

¿Cuál ha sido la clave para trabajar el agro colombiano y romper esas barreras culturales?

“Nosotros pactamos un precio fijo y justo todo el año para el limón y eso les da la seguridad a ellos sobre lo que pueden invertir en sus casas y sus negocios. La clave es ver a tus productores como socios y no solo como proveedores, porque así todos salimos ganando. Por eso damos cursos de capacitación y manejo de recursos para ellos, porque tratar con respeto y dignidad a nuestros productores hace que ellos nos devuelvan lo mismo”.

¿Cómo ha sido trabajar con los empresarios de Santander?

El ambiente empresarial hoy en Bucaramanga creo que es mucho mejor que antes. De los colombianos tengo la impresión que son un poco celosos a la hora de compartir información y creo que en eso estamos mejorando: en trabajar como sector y no ver a los demás como competencia, sino más como aliados”.

¿Por qué cambiar Utrecht por Bucaramanga?

Yo sé que aquí aún faltan cosas por hacer, pero Bucaramanga tiene muy buena vibra y hoy hay un boom gastronómico. La gente es directa, pero también es educada y es muy trabajadora. Me gusta que sea una ciudad pequeña y segura porque siempre me he sentido así. Yo salgo en la noche, sin problemas; es limpia, no hay tanta contaminación, es verde y eso hace que sea muy chévere ir a tomar un café. Es una gran ciudad para vivir. Uno se siente muy bienvenido”.